18 septiembre, 2006

las trés y todo sereno...

Quinto octavo.

Ojos de golondrina.

…intentó cambiar de posición. La cama ahora estaba caliente, había perdido cualquier rastro de frescura debajo de ese zarape rojo y gris que había aparecido en el closet por arte de magia. Bajo las cobijas imperaba un bochorno creciente; Fuera de ellas, la baja temperatura de la madrugada hería la piel. Decidió saltar de la cama y abandonar la bolsa tibia en la que se había convertido el cuerpo desnudo de la chica a su lado. Las alternativas eran terribles: dormir en el suelo y despertar con pulmonía, o huir al sofá y ser devorado por los mosquitos. Entró al baño para darle tiempo a que la decisión se tomara a si misma. Desde la puerta de la habitación, el paisaje de la cama con la mujer desnuda se antojaba épico. Una mujer de cuerpo perfecto y mente aun más volátil descansando bajo un techo extraño para ella. ¿Como había llegado ahí?, ¿como podía dormir bajo ese infierno de brasas ardientes mal llamado edredón? El agua fría en el rostro bajó un poco la hinchazón de los ojos, que a base de no dormir, se habían convertido ya en hermosos higos maduros, listos a ser picoteados por el primer cuervo casual que surcara el cielo y entrase por la ventana. De nuevo en el quicio de la puerta, el cuerpo levemente bronceado de una desconocida invadía su lado del colchón. ¿Por qué habría de establecer cual era su lado? Él pagó el colchón entero, así que es todo de su propiedad, de borde a borde éste es su territorio, su bastión prohibido y su templo de la meditación. Ahora, robado de manera infame por esa suerte de Ghengis Khan talla siete, que desparramada a sus anchas sobre la mullida plataforma de resortes, había tomado posesión de lo poco que le quedaba de vida privada. Ahora duerme aquí. Hace un mes solo llamaba ocasionalmente y ahora duerme aquí. Una visión futurista le anunciaba la aparición paulatina del mundo de ella superimpuesto en el propio. Al principio será el cepillo de dientes, el peine lleno de largos cabellos, el gel o el Mouse para peinar. Después encontrará una secadora donde solo había una rasuradora; Papel sanitario color mamey, toallas de uso exclusivamente femenino, pañuelos, tal vez hasta comida en el refri. Sus zapatos irán emigrando hacia la parte trasera del closet, haciendo honor a zapatillas de tacón y sandalias para el baño. Los trajes se arrugaran, luchando por el espacio absorbido por vestidos y blusas, que como esponja, habrán secado la opulencia espacial de que gozaban las camisas planchadas en tintorería. Deberá luchar por la justa mitad del colchón, desalojar dos cajones de la cómoda y vaciar de chucherías y artilugios el buró que quede del lado que ella escoja de la cama. Sus amigos cuadrúpedos compañeros de juerga, se irán hacinando poco a poco en el patio, y su libertad de transito será coartada por la imperante condición de mantener limpio el mantel de la cocina y los sillones libres de pelo canino. Tal vez un gato usurpará el trapo sucio que su anciano Maltés usa como cama, sillón y amante. Ella gusta de los gatos, los perros la hacen estornudar. Guillotina cubierta de besos para los pobres caninos…

Media hora después, a las cuatro de la mañana, anuda la corbata del traje que había en la silla de la recamara, frota su bien cortada barba con loción after shave, anuda apretados sus lustrosos zapatos negros. Mete en sus bolsas el celular, la agenda y el encendedor de antorcha. Se acerca a su propia almohada y deposita sobre ella una pequeña tarjeta blanca, escrita con impecable tinta negra y la leyenda “yo te llamo”, a la usanza de los directores teatrales, que en pleno casting, despiden a quien no ha pasado la prueba.
No es ella, sino él quien ha fallado. Lo sabe, pero no puede aceptarlo. No puede enfrentar sus miedos ni regresar a la tibia cama que hace rato ya ha abandonado. Abre la puerta y parte en la negrura de la noche, cierra con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido y no terminar todo con el sonido de un portazo. En la recamara, ella derrama una lagrima en la almohada ajena, deja de fingir que duerme y vuelve el rostro hacia donde él ha partido. Su cuerpo desnudo se torna pálido, no solo por la sensación de vacío, el partir de quien sinceramente se ha enamorado, sino porque las cobijas permanecen en el suelo, como una burbuja que al final ha reventado. Ella no puede taparse a si misma, su cuerpo desnudo se enfriara hasta perderse, porque él se ha ido y al cuerpo de ella, lo ha dejado destapado.
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The Doctor is visiting the Bedlam Ballroom.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Un sueño terminó...
tal vez otro comenzó,
el final y el principio
no han quedado muy claros;
lo único claro es que
algo por ahí se quedó volando
como en el limbo...
nadando en un espacio vacío.

8:28 p.m.  
Blogger Eien Yume said...

The Doctor is the best one, who else could have this power? To give poetry to something that has nothing of it?

Lo disfruté y lo sufrí, placer y dolor a la par, que contrariedad, mi vena masoquista no dejó de sonreir.

8:30 p.m.  

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